El visitante

Le dije mi nombre sin saber bien por qué.
Yo estaba sentado en una banca, contemplando la altura de unos viejos árboles de formas caprichosas cuando aquel muchacho de cachetes colorados y sombrero de ala ancha se sentó a mi lado y me habló. Platicamos, sobre todo, de comida; nuestros platillos favoritos fueron descritos con maestría de chef de talla internacional.

Antes de retirarse, el muchacho insistió en que debíamos comer en mi casa. Sorprendido, acepté. Me alegró mucho que él pudiera notar mi presencia sin sentir temor o asco, que eran, al parecer, las únicas dos sensaciones que yo provocaba en los que acaso podían mirarme. 

En su primera visita fue muy cordial. 

Con seguridad y pies de plomo traspasó el umbral sin importarle la oscuridad de la casa. Encendí un par de velas con la urgencia de quien se encuentra en un apuro. Él se quitó el sombrero y sonrió y sus dientes eran tan blancos que me avergoncé de los años que desperdicié en el abuso de la nicotina. Se acercó y a pesar de la oscuridad admiró las pasionarias que cubrían la ventana más larga de la sala y el techo de la habitación. Así el sitio tiene una apariencia salvaje, orgánica, dijo. Otra cosa llamó su atención, tomó una vela y fue a la habitación más cercana, para contemplar con genuino interés mi colección de piedras preciosas dispuestas en una cómoda ruinosa. Volvió a la sala e hizo comentarios inteligentes sobre la disposición de los muebles. Me lamenté del estado tan deteriorado en que se encontraba el mobiliario. Estaba por disculparme cuando sonó la campanilla del horno.

Comimos y celebró el sabor de los platillos. Menos mal que pude recordar algo del viejo recetario que escribió mi abuela hacía mucho tiempo atrás, un libro legendario, recurso culinario infalible. 

Al despedirse me estrechó la mano con efusividad y prometió volver. 

La segunda vez que vino abrió el portón con la misma parsimonia de la ocasión anterior.  Lo vi desde la ventana y me alegré como los perros; poco me faltó para menear la cola. El muchacho sonreía de cabo a rabo. En las manos traía un árbol bonsái plantado en una maceta muy bonita de porcelana.

Todo cambió cuando traspasó el umbral de la casa. Apenas puso un pie, quiso volver, pero luego se arrepintió. No se quitó el sombrero y no sonrió. ¿Hace calor?, pregunté, y él, esquivo, respondió que sí. Un calor de los demonios, acentuó.  Casi aventándolo, colocó el bonsái en el comedor. Supuse que aquella conducta extraña se debía al fuerte olor que desprendía mi cuerpo. Fui a la habitación y tomé la primera fragancia que encontré y vertí todo su contenido en mi piel, pero sólo arruiné las cosas. Olía peor y el aire se enrareció todavía más.

Creyó que no me di cuenta pero lo atrapé cuando arrancó una de las flores más bonitas de la pasionaria, que, dicho sea de paso, había florecido con vigor luego de la primera visita de mi invitado, quien ahora, a todas luces, estaba incómodo en mi casa. Pasé por alto el atentado. Sonó la campanilla del horno.

Comimos en silencio. Disfrutaba yo la olorosa sopa de frijoles y longaniza que había preparado para los dos cuando noté que él me miraba fijamente. Hizo una mueca de asco y preguntó: ¿Por qué te metes toda la cuchara a la boca? Lo siento, ya no lo haré, contesté. Me senté muy recto y comí con mis mejores modales, para no contrariar a mi invitado, pero éste no terminó su platillo cuando se levantó de la silla, se tocó un ala del sombrero y sin mirarme se marchó. 

La tercera vez que vino a mi casa me dijo que no volveríamos a vernos nunca más. 

Parecía que no dormía en días; lucía enfermo. Noté que había perdido mucho cabello cuando se alzó el sombrero  y se marchó sin dar más explicaciones. Lo vi partir, y en la lejanía me pareció que su cuerpo se disolvía.

Me sujeté del mueble más próximo esperando el inminente final. Mi cuerpo se sacudió, un golpe estremeció la casa e hizo eco en todas las habitaciones. Si tan solo lo hubiera ignorado aquel día, si no le hubiera dicho mi nombre, pensé una y otra vez y recordaba, una y otra vez, aquel encuentro en apariencia insignificante, al tiempo que la habitación daba vueltas. De golpe una luz me cegó y sentí una bofetada con la fuerza de un animal. 

*

Días después volví a la banca en que encontré a aquel muchacho con la esperanza de verlo aunque fuera un momento, siquiera un vistazo. 

Me senté y esperé por un largo rato, incluso adopté la misma posición y miré los mismos árboles que contemplaba aquella primera vez que lo encontré, pero él nunca apareció. Finalmente, desconsolado, decidí volver a casa. Ya anochecía, y la noche era muy oscura, densa, enceguecedora, y ninguna lámpara estaba prendida.

Saqué la tiza que llevaba en el bolsillo y marqué el camino hasta mi casa por si acaso aquel muchacho lo hubiera olvidado y decidiera volver a visitarme; suele pasar que uno no recuerda las cosas más elementales. 

De cualquier modo, pensé mientras dibujaba aquella línea con tal precisión como si todo el universo dependiera de ello, si no era él, cualquier despistado podría seguir el trazo que lo conduciría a mi casa; cualquiera podría visitarme y hacerme compañía en esta soledad que me atormenta desde que, sin saber cómo, volví de la muerte.

Publicado en Metáforas, de la UAEM

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s