Cayó la noche

— El cerro es el hogar de una raza de seres gigantes — dijo Hermenegildo, el loco del pueblo —. Nadie debe ir a ese sitio —  miró con tristeza el cerro y agregó —: Quién sabe qué pasaría si se rompieran los 100 años de paz que hemos tenido. 

Una mañana, el bebo y yo, ignorando las advertencias de Hermenegildo, decidimos alcanzar la cima del cerro.

— Esto está muy raro — dijo el bebo a medio camino —. Me cuesta respirar.

— Es por la altitud, menso — contesté casi sin aliento.

— Oye — me dijo, fatigado —, si te cansas, me dices y nos regresamos, ¿va?

— No seas miedoso. Ya casi llegamos a la punta. Traes tu rosario, ¿no? — dije y él asintió.

Sin notarlo, nos adentramos en un sendero en el que había una cruz de madera muy alta de la que pendía una cabeza de caballo; la mitad estaba descarnada y las moscas sobrevolaban ya la carroña. 

— No creo que sirva mucho mi rosario, ¿verdad? — dijo el bebo. Yo no contesté. En ese punto del recorrido el calor me agobió —. ¿Y si regresamos? — preguntó.

— Regrésate tú. A mí déjame en paz.

— Pues me regreso — gritó y se marchó. No hice nada para detenerlo; seguí caminando. 

En un punto del camino encontré cientos de estatuas de niños desnudos con la cabeza al revés. Una destacaba del resto. Una guirnalda y muchos collares con cuentas de color amarillo pendían del cuello de la escultura. Sentí un hueco en el estómago cuando me percaté que el rostro de la talla era igual al del bebo. Quise regresar para buscarlo. Mi vista se nubló. Intenté gritar, pero nada salió de mi boca. Me desvanecí.

Cuando desperté, el bebo dormía apaciblemente a mi lado. Estábamos en lo más alto del cerro.

Frente a nosotros había un enorme prisma rectangular de piedra. No tenía puertas, pero en la parte más alta había una ventana pequeña. En uno de los muros había una diana trazada burdamente con pintura blanca. 

— Le voy a dar al centro — retó el bebo mientras se hacía con un par de piedras. 

— Qué raro. Aquí no hay eco — dije.

— ¿Qué es el eco? — preguntó el bebo al tiempo que lanzaba la primera piedra. Erró.

— Pues cuando tu voz se hace muchas voces. 

— ¿Como la niña de El Exorcista? — preguntó preparando su próximo tiro. Lanzó la piedra. Falló.

— Olvídalo. Eres un menso — contesté mientras leía una inscripción en uno de los muros de la torre.

— ¿Crees que lo hayan hecho los gigantes? 

— ¿Qué hicieron los gigantes? ¿El eco? 

— No, tonto. Este edificio de piedra.

— Probablemente.

— ¿Y ese círculo también? — preguntó el bebo. Erró su cuarto tiro.

— No, eso no es un círculo. Es un símbolo de brujería antigua — mentí.

— Mientes.

— No — sentencié —. En esta pared dice que si le das al círculo una bruja aparecerá y te concederá tres deseos. 

— Mejor ya vámonos — dijo el bebo. 

— No seas miedoso — dije —. No pasa nada, mira — tomé una piedra, apunté, lancé y le di al centro. 

Algo muy pesado chocó contra uno de los muros. A continuación, un grito que pareció provenir del interior estremeció la tierra como si del rugido de un volcán se tratara. 

—Vámonos — le grité al bebo.

Emprendimos la carrera cuesta abajo. Alguien o algo se reía y su risa se multiplicaba en el aire cada vez más caliente. 

— Eso es el eco — le dije al bebo.

— No. Eso es el diablo — gritó.

Bajamos tan rápido como el terreno nos lo permitió. 

— ¿Qué tienen? — preguntó mamá una vez que llegamos a casa.

— Nada, momi. Es que este menso se iba a caer en un barranco — respondí.

— Lávense las manos — ordenó.

Debajo del mango plantado a la mitad del patio comimos pollo a la tropicana, frijoles puercos y agua de papaya con guanábana. 

Mamá nos platicó que en el trabajo le iba muy mal y que no tardarían en despedirla. Dijo también que teníamos que ser fuertes porque ella pronto moriría y debíamos estar más unidos que nunca. El bebo me miró, yo observé a mamá mientras ella contemplaba la montaña como Hermenegildo cuando nos advirtió de los gigantes. 

Apenas cayó la noche los perros dejaron de ladrar. Mamá ya roncaba como si a fuerza de hacerlo expulsara el cansancio de los años. El bebo preparaba su cama y yo rezaba como papá me enseñó antes de que se fuera de la casa.

— Buenas noches — le dije al bebo.

— Buenas noches — respondió. Al tiempo, un par de piedras cayeron sobre nuestro techo de lámina comprobando el buen tino de quién sabe qué maldita cosa —. Se acabaron los 100 años de paz, ¿verdad? — fue lo último que dijo el bebo.

Publicado en Eso sienten los astronautas cuando vuelven a la tierra

Publicado en Ágora, del Colegio de México (página 91)

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s